miércoles, 19 de mayo de 2010

DON PEDRO FERRIZ SANTACRUZ, UNA EXPERIENCIA PERSONAL

HABÍA UN MONJE MATERIALIZÁNDOSE
Por: Roberto S. Contreras Esparza
Queridos amigos, los voy a llevar, a la sala de a casa de la clase media de la Ciudad de México en 1927. Había llegado mi abuelo de Piedras Negras, Coahuila, con su familia, sus hijos, acaso también su segunda esposa, doña Félix, y algunos de mis tíos, que eran menores que yo. Era por la época de reyes, casi podría jurarles que la noche anterior a la llegada de los Santos Reyes, es decir, el 5 de enero por la noche. Estamos hablando de una época posrevolucionaria. Todavía estaban por suceder la revolución, la rebelión de Cedillo y, desde luego, la guerra cristera. México todavía no estaba en paz; la gente que venía de Piedras Negras hacía tres días y tres noches, porque debía hacer muchas paradas en el camino. Llegó mi abuelo y nadie pensaba en irse a algún hotel, sino que mi madre, cuando llegaban parientes, simplemente bajaba colchones de cada cama, y las visitas y los muchachos se dormían sobre ellos en el piso, mientras que las personas mayores se acomodaban en las camas de las otras recámaras. En una de ellas estaban dormidos mi mamá y mi papá y tal vez mi hermana Lucha, la más pequeña; en otra recámara estaba mi abuelo posiblemente con su esposa y su hijo el menor, y en la sala algunas de mis tías pequeñitas, y mi hermano y yo. Mi hermano debe haber tenido unos 4 años y yo 6, pues ya estaba en el kinder Herbert Spencer en la primera calle de Guerrero, justo enfrente del jardín de San Fernando.

ERA UN PEQUEÑO MONJE ENCAPUCHADO
Había una cierta emoción entre los niños esperando la llegada de los Santos Reyes. No dudo en mencionar esto para que se evalúe la emoción que yo pude haber tenido, y que tal vez me predispusiera a tener una visión fuera de la realidad. Pero yo estoy absolutamente seguro de lo que les voy a narrar. Era totalmente independiente de mis emociones y de la noche que estábamos viviendo. Cenamos una merienda frugal. En aquellos tiempos una cena o desayuno de la clase media consistía en café con leche, pan a discreción y unos frijolitos ya fueran de la olla o refritos, adornados como se usaba con tantito chipotle, queso, aceite de oliva y orégano. Nos fuimos a acostar después de que nuestras respectivas mamás nos hicieron lavar la boca y ponemos cada quien su pijama; todavía dimos un poco de guerra y estuvimos emocionados con la llegada de los Santos Reyes lo cual verdaderamente debe haber puesto en un problema a mi señor padre y a mi señor abuelo, pues las cosas no estaban muy boyantes que digamos; y justo es mencionar que los reyes se portaron a la altura (tal vez con el sacrificio de nuestros padres), pues no faltó la muñeca, el carrito y los juguetes que en aquellos tiempos no se decía que eran de fayuca, pero sí de importación; unos cochecitos de cuerda, un osito que lloraba, un perrito que brincaba y cosas por el estilo. Las pelotas, los globos y los adornos navideños se mezclaban con los juguetes que presidía un hermoso triciclo propiedad de todos los niños que esperábamos tan ansiosa mente la llegada de los Reyes.

OJILLOS AZULES QUE BRILLABAN INTENSAMENTE
A las nueve de la noche, pienso yo, los niños comenzamos a dormimos, y no habían transcurrido unas tres horas y media, yo calculo, a la media noche o un poco después, de pronto sentí un calor muy intenso y como chispas que salían del centro de la habitación. Estoy absolutamente seguro de que desperté. (Los mayores tenemos siempre la tendencia a creer que los niños son más tontos de lo que en realidad son; los niños piensan tan maduramente como un adulto, sólo que les falta la experiencia.) Y yo tenía la suficiente experiencia para saber cuando estoy dormido y cuando estoy despierto: y estaba absolutamente despierto y temeroso; pues lo que vi., en el centro de la habitación, profusamente iluminada, era un pequeño monje encapuchado, blanco, tan blanco como nunca había yo visto a una persona; con una barba rala pelirroja y unos ojillos azules que brillaban intensamente; su capucha no me dejaba ver el color de su pelo, pero el monje ya era una persona mayor, no era un hombre maduro, ni joven ni mucho menos, era grande, no un anciano, pero sí un monje mayor, aunque no de tamaño: era un hombrecillo pequeño, magro, es decir delgado en su cuerpo, con una sotana café y, lo recuerdo muy bien, le sobresalían los dedos de los pies, muy blancos, de una especie de huaraches. El monje veía a su lado derecho, es decir al lado izquierdo mío. Miraba con una profunda atención, no con tristeza, ni con alegría, ni con júbilo. Simplemente miraba con atención. Yo trataba de despertar a mi hermano que estaba juntito a mí, pero me daba miedo que el monje se diera cuenta de que yo estaba despierto. Sin saber, yo creí que lo más conveniente era no hacer movimientos, ni hablar, ni despertar a nadie. Podía haberme levantado, pero estaba verdaderamente paralizado por el miedo. No le avisé a mi hermano, me volteé al otro lado de la habitación, donde se suponía que estaban alguno de mis tíos y dos de mis tías, las mayores, que tendrían más o menos mi edad.

DIOSES, DEMONIOS Y OVNIS
La aparición duró algún tiempo, yo luchaba para no quedarme dormido; el monjecillo miraba fijamente y yo lo veía a él. Casi puedo decirles que ni parpadeaba siquiera, ni él, ni yo. Ahí estaba él frente a este grupo de niños, yo, el único despierto, con sus ojillos azules mirando a su derecha, dirigía su mirada fija, atentamente sin revelar ninguna emoción. Ése es el caso tal cual, y cuando les platiqué a mis padres sonrieron benévolamente, como creyéndolo un sueño de un niño que había estado esperando la llegada de los Reyes Magos. Pero yo me desesperaba, incluso me enojé, porque no me creían, y dije: no fue un sueño, yo estaba viendo a un monje, además no era Santo Rey, tal fue mi argumentación infantil, era un pequeño monje ya viejo con ojos azules y barba entrecana pelirroja, con su capucha puesta; y todos decían: "Sí, sí te creemos", pero yo sabía que en el fondo no me creían. Pasaron muchos años, y algún día, en San Antonio, cayó en mis manos un libro que se llamaba "Gods, demons and UFOs" (Dioses, demonios y OVNIs) de Erik Norman, en este libro hay algunos casos de conductores, en la zona de Caterham en Inglaterra, se espantó cuando ocho individuos encapuchados corrían a lo largo de la carretera el 28 de julio de 1963. De acuerdo con los informes de los noticieros, sus acciones fueron silenciosas, extrañas, desusadas. Hay apariciones frecuentes de seres vestidos de monjes en aquellas áreas en que la actividad de OVNIs es fenómeno corriente. En algunos casos, se les ve caminar a lo largo de carreteras abandonadas, en otros invaden las casas de los observadores, e incluso existen los que espían silenciosamente desde las ventanas. Algunos llevan capuchas, otros no. Hay un caso interesante, en 1968 en Nebraska. Recibimos información de un granjero que vivía en Utica, Nebraska, que había experimentado algo verdaderamente insólito en su aparato de televisión. Después de varias pistas equivocadas el investigador logró encontrar al hombre en cuestión y entrevistarse con él en la mesa de un café. Relató lo siguiente:

MONJES EN DONDE HA HABIDO APARICIONES DE OVNIS
"Me contó la extraña historia de que había contactado con él una figura encapuchada a la manera de un monje, desde la pantalla de su televisión. Mi esposa y los niños se habían ido al pueblo aquella noche porque había una ceremonia en la iglesia. Yo había trabajado en el campo y después de hacer algunos trabajos domésticos, saqué una cerveza de la nevera y me fui a ver un poco la televisión. Algunos instantes después de haber encendido el aparato, la imagen normal fue remplazada por la de un encapuchado de aspecto muy divertido, me dio la impresión de que iba vestido como los monjes hace tiempo. Casi salté de la silla cuando el desconocido pronunció mi nombre. Me dijo que yo había sido seleccionado para resolver los problemas del mundo. Mi misión consistiría en escribir cartas a la gente del gobierno pidiéndoles que detuvieran los experimentos atómicos. El tipo aquel me dijo que la actividad del aire era excesiva, y añadió así mismo que no debía usar DDT u otros productos químicos tan fuertes en los plantíos porque una poderosa cantidad de residuos se estaba acumulando en los ríos y en los océanos, terminó diciendo que alguien se pondría en contacto conmigo." (Debo decirles que, en el caso de mi pequeño monje, en el año de 1927, no había televisión, desde luego.) Los casos de monjes en los lugares donde ha habido apariciones de OVNIs se suceden a lo largo de los relatos de diversos investigadores; en mi caso no había ningún otro OVNI, por lo cual, no tiene nada que ver con esto, que sucedió en la calle de Zaragoza 120 en la Ciudad de México en 1927. El caso de mi pequeño monje lo he tenido siempre conmigo, y es la primera vez que lo narro.

1 comentario:

  1. Don Pedro Ferriz Santacruz, Es todo un caballero. Un hombre amable, una persona sencilla que se ha ganado el cariño de los mexicanos a través de su sabiduría y de la forma en como la ha sabido compartir. Un mundo nos vigila, es la suma de toda una vida, dedicada a la investigación no sólo de los Ovnis, sino a tráves y de tratar de explicar este fenómeno por medio de otras disciplinas como la mecánica cuántica, la historia, astronomía etc.
    Ojalá pronto saque sus libros pendientes y espero que un día las editoriales vuelvan a publicar sus primeros libros. Dios bendiga a Pedro Feriz Santacruz.
    Atte. Mario Alberto Casillas Ochoa.

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